No sé si le ha pasado, estimado lector, pero cuando en verdad uno tiene un gran dolor en el alma, generalmente no dice nada. Cuando verdaderamente la cosa duele, tarda uno varios días en entender lo que se siente. Y luego viene un proceso de “duelo”, le llaman los psicólogos o los psiquiatras.

En la actualidad, muchas personas sufren grandes dolores, como la pérdida de familiares, hijos desaparecidos, daños a su patrimonio, abusos físicos y mentales, etc.

Hoy uno ya no sabe ni cómo reaccionar. La cosa está tan grave, que creo que ni los expertos en emociones tienen ni terapia ni medicamentos para paliar el dolor tan intenso que provoca la guerra de odio que estamos viviendo en el mundo.

Toda la anterior reflexión me la lleva el sentimiento que provocó en los seres la muerte del cantautor Facundo Cabral. He de mencionar que no era uno de mis preferidos, pero sin denostar, he de reconocer la fama mundial con la que contaba; los afectos de personas a las que les gustaban sus concierto llenos de profundidad y menciones de personas dedicadas a hacer el bien, como la madre Teresa de Calcuta, menciones de frases que llegaban a lo profundo del alma de las personas que abarrotaban sus conciertos.

Gente que amaba la profundidad de sus canciones y las palabras que aliviaban el alma de quien iba a escucharlo. Nunca tuve la oportunidad de verlo en vivo. Algunas de sus canciones me gustaban y de su vida sé que fue trágica.

Creo que todo el tiempo que vivió lo dedicó a recuperarse de la pérdida de su esposa y su hija en un fatal accidente aéreo. Adoraba a su madre y alababa siempre la vida, la salud, el amor, la paz, la naturaleza, etc. Citaba con frecuencia a Gandhi y a la Madre Teresa.

Una de las frases que más me sorprendió fue cuando platicó con la Madre Teresa de Calcuta y le contó de su pérdida: estaba desolado, deprimido, perdido, y le comentó que amaba tanto a su esposa y a su hija que no sabía qué iba a hacer sin ellas, y ella le dijo: “¿Y qué vas a hacer ahora con ese amor que te sobra?” Facundo levantó la cabeza, sorprendido por la pregunta, y según contaba él mismo, ese amor que le sobraba lo dedicaría a alimentar a los menesterosos de Calcuta.

Me pregunto: ¿cómo puede atreverse alguien, aunque sea una equivocación a matar a otro ser de veintitantos balazos?

Pero me pregunto nuevamente: ¿cómo se atreve alguien a asesinar a una persona como Facundo Cabral, dedicado a cantar, a llevar palabras gratas donde iba, a hacer que la gente superara dolores emocionales, a decirle a la gente que dentro de la peor oscuridad, siempre hay un rayo de luz en los momentos de desesperanza?

¿Qué clase de animal hace eso? Eso no se llama violencia, eso no se llama narco, eso no se llama guerra. ¿Cómo se llama querido lector?

Por eso digo que nuestros especialistas, así como nuestros maestros, así como nuestras autoridades están rebasados. Estamos completamente solos, con nuestra propia podredumbre; con lo que todos con nuestras acciones diarias hemos hecho de este mundo que nos mata, que nos secuestra, que nos envenena. Y no pensamos que se cumple la Ley del Karma: la vida y la tierra nos regresan simple y sencillamente lo que les hemos hecho y dado.

Entiendo que nos llame la atención cuando un personaje de la talla de Facundo Cabral muere de esa manera, pero a diario personas comunes y corrientes sufren pérdidas, secuestros, muertes, desgracias, enfermedades, y no salen en el noticiero más popular, ni nadie los toma en cuenta, ni su dolor se convierte en noticia.

¿Qué necesitamos los seres humanos seguir viendo para reaccionar y empezar a trabajar en nuestra propia trinchera? Predicar con el ejemplo. Vivir en sociedad y no en zoociedad. Ocuparnos más por los humanos y menos por lo perros. Ocuparnos más porque todos sean felices y no nada más unos cuantos. Ocuparnos de que todos tengan lo que necesitan y no unos cuantos. Trabajar el odio y el rencor, y salir a la calle con felicidad.

No encuentro palabras para describir tanto dolor, tanta impotencia, tanta estupidez en una acción que nos lastima a todos, porque tarde o temprano todos moriremos a manos de un imbécil que no piensa, que no razona, que no valora ni su vida ni la nuestra.

Sólo quiero terminar con una frase de Facundo Cabral, en homenaje a lo bueno que hizo en esta vida: “Ayuda al niño que te necesita, ese niño será socio de tu hijo. Ayuda a los viejos, y los jóvenes te ayudarán cuando lo seas. Además, el servicio es una felicidad segura, como gozar a la naturaleza y cuidarla para el que vendrá. Da sin medida y te darán sin medida”.