“Ya va llegando diciembre y sus posadas. Se va acercando ya también la Navidad.

El año nuevo me traerá nuevas tristezas y por tu ausencia lloraré mi soledad”…

Don Javier Solís cantaba así por estas fechas hace muchos años, mediados los

60, en esa mezcla de bolero y canción ranchera que liaba con un estruendoso

¡Ea!, mientras la música daba el respiro al cantante.

Sabíamos los que ya vivíamos en ese entonces que se acercaba la época de los

anuncios de Colgate Palmolive (“fabricante de Fab, le desea cordialmente una feliz

Navidad, una feliz Navidad, tantán”), del pavo que regalaban las relojerías Cantú

en Xalapa, de las ramas y los viejos, pero sobre todo del disfrute del aguinaldo,

con sus compras de ropa abrigada para el frío y algunos juguetes que hacían la

delicia de los chiquillos.

Y la cena de Navidad, y la borrachera inevitable de fin de año en que caían los

señores grandes… y los muchachos entrones.

Misanteco de corazón, pero inmerso en una gran familia peroteña venida a

enorme en Xalapa, con 10 tíos y una cincuentena de primos hermanos que casi

todos viven y sobreviven (perdimos y extrañamos al querido René Villegas y al

sacrosanto Gonzalo, orgullo de la Federal de Caminos, pero persisten en nuestro

recuerdo), la época navideña era el reencuentro con los comerciales de buena fe,

que casi te suplicaban que compraras su producto, con las tiendas abiertas de par

en par pero honestas aún, que no te ofrecían gangas aparentes ni facilidades

engañosas.

Cierto, no faltaban los codiciosos que iban con trampas tras los aguinaldos -la

naturaleza humana es de siempre ambicionar más y sin medida-, pero ésos eran

los menos, los pocos, que de inmediato eran señalados por la fama pública: No

compres en esa tienda, que venden productos malos o caros o robados o

sospechosos.

Las farolas y los adornos navideños traían un poco de calor y luz entre la cerrazón

de una niebla húmeda y despiadada, que sin embargo no alcanzaba a quitarle la

tristeza a esa época llena de buenos deseos, de agradecimiento por un año más

de vida, de paz y armonía entre todos los hombres, como quería Jesús.

Pronto llegarán los aguinaldos y la Profeco insistirá con su módico mensaje para

todos los mexicanos de a pie -la inmensa mayoría-, de que hay que tener cuidado

al gastarlos, no derrochar y mejor invertir en cosas necesarias… y llegarán

también las compras suntuarias, los lujos innecesarios, las embarcadas con

tarjetas que muchos ejercen con la ilusión de que son ricos por un momento, en

desquite de tanta pobreza que hay que aguantar todo el año (“Compre hoy y

gástese su aguinaldo en otras cosas igual de suntuarias e innecesarias, y pague

hasta enero, cuando ya no tenga un centavo”).

Llega diciembre… “y si una gracia el cielo a mí me puede dar, le pediré como

regalo un día de Reyes, besar tus labios y estrecharte junto a mí”.

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