Pueblo sin Alameda. Pueblo de sol, reseco, brillante. Pilones de cantera,

consumidos, en las plazas, en las esquinas. Pueblo cerrado. Pueblo de mujeres

enlutadas. Pueblo solemne. (Agustín Yáñez, Al filo del agua).

Pueblo con Plaza Américas. Pueblo de niebla, húmedo, oscuro. Pilones de gente,

consumidora, en las plazas, en las esquinas. Pueblo comprado. Pueblo de

mujeres enfiestadas. Pueblo avorazado. (Nuestra realidad).

Es la época del dispendio y el derroche, tal vez ahora más que nunca, ante la

amenaza sin par de una crisis que nos llega desde los cuatro vientos, que viene

del norte, como todas las desgracias económicas, financieras, ideológicas, pero

ahora también desde nuestras propias latitudes.

Crisis que tenemos que enfrentar entre todos y que ya no es solamente

económica sino peor, de violencia, de crimen, de muerte.

Para poder seguir siendo país, sociedad, gobierno, hay que añadir la esperanza

de un año más bonancible, gracias a las reformas anunciadas, o a pesar de ellas.

Los buenos deseos: se acabará la crisis, culminarán las genuinas manifestaciones

del pueblo, terminarán las exasperantes manifestaciones de los anarquistas,

seremos felices, no habrá cambios, sí habrá cambios, seremos más felices…

Pero acá: las colas en las cajas de los negocios que son de Carlos Slim y de

algunos otros resultan inéditas, como si en lugar del cataclismo estuviéramos en la

bonanza; como si el próximo aguinaldo que ya estamos gastando no tuviera que

ser utilizado ahora sí, en serio, como la tabla de salvación para evitar el acoso de

los bancos, la usura sin igual, la cobranza salvaje, el embargo, la pérdida de

bienes; los réditos hasta la punta de la pirámide de la riqueza.

Como si no pasara nada, como si no hubiera 43 muchachos desaparecidos,

mucha gente se arremolina en las plazas con cierta ansiedad, con prisa por

llevarse la prenda nueva, el accesorio de moda, el regalo para los seres cercanos

en el afecto o en la nómina. Es que muchos piensan que será su última

oportunidad de comprar en la vida, porque temen que lo que viene será la miseria

inmisericorde, la misericordia miserable, la inconmensurable miserabilidad.

La guerra que no cesa.

Yo no sé cómo logran llegar entre tanto vehículo que impide el acceso, sin un

lugar donde estacionarse, arremolinados ya desde la misma calle. Pero ahí están,

en las tiendas, disputando al mejor postor la prenda moderna, el vestido sin igual,

las miles de fruslerías que al parecer hacen apacible la vida

Ahí los vemos: buen espectáculo el de los atenienses xalapeños arremolinados

ante los aparadores, dándole vuelo a la tarjeta de crédito, comprando ahora y

pagando hasta marzo (cuando ya sólo podrán echar mano del Monte de Piedad,

por piedad), gastando hasta lo que no tendrán nunca, porque pronto todo pasará

al poder de los que lo tienen todo ya.

Pueblo con Plaza Américas. Pueblo con tarjeta de crédito; con un arma suicida.

Pueblo de mujeres enlutadas…

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