Yo creo que nadie esperaba que fuera universalmente aceptada la propuesta

presidencial del pasado jueves, con la que el Gobierno de la República se propone

enfrentar la crisis nacional.

Ni los ciudadanos más ingenuos y/o ignorantes, ni los elogiadores profesionales,

ni los analistas más convenencieros… ni los familiares y los amigos más cercanos

del régimen podían pensar que el presidente Enrique Peña Nieto iba a convencer

a la nación con el anuncio de su batería de medidas urgentes y extraurgentes para

sacar al país del atolladero.

Es ilusorio pretender que alguien contendrá con un solo discurso la iracundia

creciente de todo un pueblo. Es una empresa titánica modificar el sentir ciudadano

cuando la sociedad abjura de sus autoridades y sus instituciones. Es imposible

cambiar en un día una percepción que se ha ido construyendo a lo largo de los

sexenios y las frustraciones.

Eso somos: una nación frustrada, más que un Estado fallido.

Y no se puede contentar a la opinión pública con un acto de prestidigitación. No se

necesita un mago, sino un estadista que proponga un plan a mediano y largo

plazo; que emprenda acciones efectivas para enderezar el barco; que dé un golpe

de timón, pero no tan brusco que haga escorar la gobernanza.

Eso lo sabía Enrique Peña Nieto.

Por eso su anuncio no fue para tratar de contentar al monstruo de mil cabezas,

sino para proponer un plan de acción distinto, con medidas al tamaño de los

graves problemas que enfrentamos.

De las diez propuestas, yo también me quedo con las tres que señala Carlos

Marín: “inminente adiós a las deplorables policías municipales, vigilancia

ciudadana contra la corrupción, y desarrollo industrial en el turístico y folclórico,

pero paupérrimo, sur-sureste mexicano”.

Obvio, los criticones profesionales se rasgaron las vestiduras, pidieron la renuncia

presidencial, insultaron, pero no hicieron una contrapropuesta válida, viable. Los

anarcos pensaron que tenían combustible para atizar su hoguera de

inconformidades violentas y destructoras.

Con todo, los diez puntos ahí están. Van caminando e inevitablemente empezarán

a dar resultados. El crimen organizado será combatido de manera más efectiva, al

controlar a quienes desde la base de la pirámide operan a su favor y propician el

narcomenudeo, los secuestros exprés, los mínimos actos violentos que desatan

grandes tragedias; se mejorarán los mecanismos contra el fraude público, con un

comité fuera del gobierno y de la duda, y se caminará hacia un equilibrio más

equitativo entre el norte industrial y el sur agrícola del país.

Quienes quieren un México destrozado y en llamas no estarán de acuerdo con lo

propuesto por Enrique Peña Nieto. En su iracundia, preferirían que el mundo se

acabara, antes de conceder razón a quien consideran su enemigo.

Pero hay un país que debemos preservar… démosle cuando menos el beneficio

de la duda.

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