En su columna “Plan B” de este lunes, la periodista Lydia Cacho refiere que hace un par de semanas le llamó el foto reportero Rubén Espinosa para preguntarle “cómo llevaba tantos años manejando el miedo, cómo se aprende a procesar una interminable cantidad de amenazas de muerte, unas veladas y otras claras y directas”. Según Cacho, para Espinosa “el insomnio, la falta de apetito, la depresión a que siempre quiso llamar tristeza para no invocar su dura presencia cotidiana, eran enemigos con los que había que acostumbrarse a vivir”. La columnista dice que le recomendó a una terapeuta especializada en estrés postraumático, “ese síndrome que se convierte en daño colateral de la labor de periodistas y de quienes defienden profesionalmente los derechos humanos”, pero que “Rubén no tuvo tiempo de acudir a terapia para sentirse aliviado de su angustia, ni para explorar la ansiedad que le causaba escuchar a tantos y tantas colegas expresar sus miedos y las amenazas que reciben a diario por ejercer periodismo o activismo derechohumanista”.

 

Sin embargo, este mismo lunes, los reporteros Yáscara López y Augusto Atempa, del diario capitalino Reforma, con base en testimonios de vecinos y las indagatorias realizadas hasta el momento por la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal, reseñan que Espinosa Becerril fue ejecutado junto con otras cuatro mujeres en un departamento de la Colonia Narvarte luego de una fiesta que había iniciado la noche del jueves 30 de julio y que se prolongó hasta el día siguiente, viernes 31.

 

Según los reporteros del diario capitalino, las declaraciones ministeriales refieren que la noche del jueves llegaron al departamento de Luz Saviñón tres mujeres y cinco hombres. “Otra de las residentes del departamento, Esbeidy, no participó de la reunión, pues no conocía a los invitados de sus amigas, y prefirió ir a dormir. Por la mañana del viernes salió a trabajar. Todo estaba en orden.

“Los vecinos recuerdan que hace casi un año, Esbeidy llegó a vivir al edificio y después llegaron a vivir con ella Nadia Vera, Yesenia Quiroz y Nicole. En esta última reunión, la música de banda y salsa sonó a volumen bajo. Una de las residentes salió a la calle con un hombre moreno, de aproximadamente 1.85 metros y con rastas. Abrieron la cajuela de un Mustang negro, sacaron algo y regresaron al domicilio. Hacia las 14:00 horas del viernes, una mujer de aproximadamente 1.60 metros de altura, con rayos en el cabello y acento colombiano, hablaba por celular recargada en el Mustang. Dos horas después el auto, que había permanecido 15 días estacionado ahí, ya no estaba.

“Por la noche, Esbeidy regresó de trabajar. Abrió la puerta del departamento y su hogar se había convertido en el escenario del crimen. En una recámara estaban Nadia Dominique Vera Pérez, activista en derechos humanos en Xalapa, y su amigo Rubén Espinosa Becerril, fotoperiodista. En otro cuarto, desnuda, oculta debajo de la cama y ya sin vida, estaba Nicole, una joven colombiana que se dedicaba al modelaje y trabajos de edecán. En esa misma habitación, maniatada, estaba Yesenia. La joven originaria de Mexicali, amante de las motocicletas, era maquillista y estudiaba belleza. En uno de los dos baños estaba el cuerpo de Alejandra, la empleada doméstica de 40 años de edad que había llegada a las nueve de la mañana de ese viernes sólo a hacer la limpieza. Todas las víctimas tenían escoriaciones y un disparo en la cabeza, conocido como el tiro de gracia”, relata el texto periodístico.

Los reporteros de Reforma indican que por esta razón la Procuraduría capitalina optó por dar el trato de feminicidio a este asesinato múltiple, pues hay indicios de abuso sexual en al menos una de las cuatro mujeres. De hecho, en un comunicado, la Comisión de Derechos Humanos del DF ya había solicitado a la Fiscalía que “en sus labores tendrá que incorporar la perspectiva de género y analizar en su totalidad los elementos disponibles hasta este momento, incluyendo aquellos que refieren a actos de tortura y violencia sexual”.

Los cuatro cadáveres tenían un impacto de bala en la cabeza, al igual que el fotoperiodista Rubén Espinosa que estaba con ellas. Los disparos fueron realizados con una arma calibre .9 mm, que es de uso exclusivo del Ejército. Según las primeras investigaciones a las que tuvieron acceso los reporteros de Reforma, los homicidas conocían a una de las mujeres y el día del feminicidio se presentaron con el resto y con Mendoza Becerril.

Por la muerte de Rubén se tipificó como homicidio, pero además las autoridades incluyeron el delito de robo. Hasta el día ayer habían declarado 15 personas, entre ellas otra mujer que vivía con las víctimas.

 

Empero varios reporteros y articulistas de diversos medios locales y de la capital del país, así como algunos políticos opositores, siguen insistiendo en responsabilizar al gobierno de Duarte del crimen de Espinosa, quien según Lydia Cacho se ganó la animadversión del mandatario estatal “a partir de la publicación de una ya famosa portada de la revista Proceso” en la que el gobernador “aparece con un inquietante rostro que emana desprecio, portando una gorra policiaca”.

 

Pero… ¿alguien puede creer que después de la infinidad de “memes”, caricaturas, fotografías y apodos denigrantes con los que sus malquerientes han pretendido ridiculizarlo desde hace más de cinco años, a estas alturas de su falleciente administración Duarte va a exponer su gobierno por ordenar el absurdo crimen del paranoico foto reportero que reiteradamente lo había acusado de “amenazas de muerte” dizque porque “para el gobernante la afrenta fue el close-up que muestra también una obesidad mórbida por la cual siempre se ha sentido inseguro y blanco de la mofa de propios y extraños”? Según Cacho, por eso Duarte tiene un “fotógrafo oficial, responsable de tomarle siempre en ángulos favorables”. Pero ésta siempre ha sido una costumbre de todos los gobernadores del estado.

 

¿Y cómo explicar también que en la entidad haya decenas de portales de internet y algunas publicaciones impresas que diariamente critican en forma lapidaria a Duarte y a su administración, cuyos editores y columnistas más puntillosos siguen viviendo en Veracruz?