Muchos pueden presumir en su vida de que conocen a una persona sabia, y

algunos llegan a tener la dicha de gozar de su consejo, su poderoso intelecto y su

conocimiento. Sus palabras son guía, estímulo, impulso; orillan a la corrección, a

la sapiencia, a la alegría de saber.

Yo puedo decir que me encuentro en esa tesitura.

Tengo un gurú al que le puedo preguntar casi todo lo que se me ocurra, y sabré

que tendré una respuesta a modo, brillante, inspiradora.

Obvio, no les voy a dar más datos de él, porque tampoco se trata de que mi gurú

termine siendo el de muchos… si de por sí ya anda muy ocupado con mis

ocurrencias y mis preguntitas (como él les dice).

A cambio de reservarme su nombre y sus datos personales, cuando se presente la

ocasión iré desgranando algunas de sus profundas sabidurías, muchas de sus

recomendaciones y hasta ciertas gracejadas, porque mi gurú tiene un humor

finísimo e inteligente.

Y la ocasión se presenta porque apenas hace un rato me eché una buena

platicada con él, y en medio de la charla aparecieron como tema los requisitos que

debía cumplir quien quiera ser un buen gobernante de su estado (para los

suspicaces, me habló de manera general, sin particularizar en algún gobernador

pasado o futuro, cercano o lejano, así que no traten de encontrar semejanzas y

diferencias en donde no las hay, al menos de manera voluntaria).

El Gurú conoce con toda seguridad los trabajos de Ferdinand de Saussure, el

gramático suizo que creó la ciencia del lenguaje, porque empezó a manejarme

una lista de particularidades que contenía dos elementos antagónicos (muy

similares a las famosas dicotomías en las que basó su principio científico don

Ferdinand). Sin más, repito la lista de condicionantes que me dio nuestro

protagonista:

Un buen gobernador actúa; un mal gobernador duda.

Un buen gobernador administra; un mal gobernador hace grilla.

Un buen gobernador resguarda el fondo; un mal gobernador se recarga en las

formas.

Un buen gobernador nombra a los mejores en su gabinete; un mal gobernador se

rodea de sus cuates, aunque no llenen el perfil.

Un buen gobernador siempre está en su oficina trabajando; un mal gobernador

anda constantemente en la calle.

Un buen gobernador dice la verdad; un mal gobernador miente.

Un buen gobernador madruga; un mal gobernador se duerme en sus laureles.

Un buen gobernador se informa; un mal gobernador no sabe nunca lo que pasa.

Un buen gobernador es culto; un mal gobernador no lee libros.

Un buen gobernador descansa cuando es necesario; un mal gobernador nunca

deja de trabajar, aunque no haga nada.

Un buen gobernador no permite el nepotismo; un mal gobernador tiene una gran

familia.

Un buen gobernador acepta la crítica; un mal gobernador ataca a quienes le

critican.

Un buen gobernador es cercano a la gente; un mal gobernador es populista.

Un buen gobernador escucha; un mal gobernador grita.

Un buen gobernador cumple; un mal gobernador promete.

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