Quienes me hacen el favor de seguir esta columna y leyeron la que publiqué el 4

de agosto, “El gurú y el Gobernador”, ya tuvieron noticia de los gratificantes

consejos que tengo la suerte de recibir. Si no, les transcribo la entrada de aquella

entrega, que como dicen los oficios escritos al estilo antiguo, se explica por sí sola

(o eso espero):

“Muchos pueden presumir en su vida de que conocen a una persona sabia, y

algunos llegan a tener la dicha de gozar de su consejo, su poderoso intelecto y su

conocimiento. Sus palabras son guía, estímulo, impulso; orillan a la corrección, a

la sapiencia, a la alegría de saber.

“Tengo un gurú al que le puedo preguntar casi todo lo que se me ocurra, y sabré

que tendré una respuesta a modo, brillante, inspiradora.”

Sin más, le dejo la palabra al sabio, sobre un tema que nos concierne y nos afecta

a todos, el neoliberalismo.

—Mira, mi pequeño saltamontes, —me dice el gurú con ese tonito de sorna

amable que nunca abandona— en el caso de las ideologías y los modelos

económicos y las formas de gobierno, la discusión se circunscribe a un dilema

entre dos elementos, uno de los cuales siempre es el mismo: el neoliberalismo,

que se opone a muchísimos otros que son diversos y diferentes. Siempre es uno

contra todos, pero un “uno” que ha tenido una preeminencia brutal.

En el nivel de las ideologías el neoliberalismo apabulla y se discute en

contraposición con el liberalismo, el socialismo, las derechas, las izquierdas, los

centristas, los anarquistas.

En cuanto a las economías, opera contrapuesto al capitalismo conservador (si es

que existe) y contra todo lo que se oponga a la imposición del mercado como el

gran y único regulador de la vida humana.

Y se impone asimismo frente a la operación de los gobiernos socialistas, contra

las democracias, contra las dictaduras también, en cierto modo.

Para que quede bien claro, el neoliberalismo es la ideología de las

transnacionales, de esas grandes empresas que lo dominan todo, que se quedan

con todo, que regulan la economía mundial y condenan el futuro del planeta.

Ellas están a favor de las privatizaciones y en contra de la socialización de los

recursos públicos. Ven mal que los gobiernos apliquen presupuestos en favor de

las clases desposeídas y quieren que mejor les den esos dineros.

Dicen: dejen que nosotras nos encarguemos de crear empleos y de explotar a los

trabajadores a cambio de garantizarles un bienestar aparente y/o mínimo

(tampoco se trata de gastar de más en mejorar la vida de los miserables; para

qué, si con poco se conforman).

El neoliberalismo explota la ingenuidad de los marxistas, que siguen creyendo en

un mundo perfecto después de que triunfe la dictadura del proletariado, mientras

los neoliberales entienden, tomado de Marx, que la dialéctica de la historia es que

la explotación del hombre por el hombre seguirá perfeccionándose en la medida

en que avance la tecnología, y por eso triunfa ahora la dictadura del mercado, que

de nada sirve a la justicia.

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