—Yo voy a votar por Héctor Yunes. Miren, se ve una gente seria y no tiene una

fortuna escandalosa. Me cae bien que te mira a los ojos cuando saluda y me gusta

que dijo que va a meter al bote a los funcionarios ladrones, a los de ahora y a los

de antes.

—Pues yo le daré mi voto a Miguel Ángel Yunes Linares. Dice que desde el primer

día que gobierne va a meter a la cárcel a los funcionarios ladrones y se ve que es

un hombre duro, como necesita ahora el estado.

—A mí el que me gusta para Gobernador es Cuitláhuac. Sobre todo porque se va

a bajar el sueldo a la mitad y dice que va a meter al bote a los funcionarios

ladrones.

En la mesa de la cantina están sentados cuatro amigos. Ya han pasado varias

rondas de tragos y la plática ha ido subiendo en intensidad, más ahora que ha

desembocado en el tema de la política.

El plato con cacahuates enchilados y los totopos con pico de gallo y frijoles

permanecen olvidados en el centro, mientras las copas vuelan hacia las bocas

incansables e insaciables.

El cuarto parroquiano -que aún no ha tomado la palabra- es evidentemente el

mayor de todos porque tiene el pelo entrecano y una cierta mirada de potestad

sobre los demás, aunque no es superior jerárquico de ninguno de ellos. Es la suya

una autoridad moral, vamos.

Espera que termine el último, deja que transcurra un momento, y pondera con

sencillez:

—Miren lo que son las cosas. Estamos cuatro personas reunidas aquí y tres se

han manifestado en favor de cada uno de los candidatos que están en la lucha

real (a los otros aspirantes los veo como adornos superfluos de nuestra onerosa

democracia).

Hace una pausa mientras pide una siguiente ronda de cubas, saluda a lo lejos al

dueño del establecimiento, que está entrando de la calle, y sigue con su reflexión:

—Pero lo mejor de todo es que aunque en esta reunión bohemia ha habido

opiniones encontradas, y tienen que ver con el tema de la política electoral, tan

llevado y traído en estos días, no he visto que se encrespe nadie, no han volado

insultos ni acusaciones. Cada cual escuchó al otro y valoró su opinión con un

silencio respetuoso.

Los otros se voltearon a ver y asintieron.

—Yo sé que más adelante, a medida que el alcohol o la pasión nos embriaguen

más, es muy probable que afloren las pasiones, que empiecen las discusiones,

que haya hasta algún pleito, pero lo verdaderamente real es que si estamos

calmados y en paz, todos aceptamos lo que piensen los demás, aunque no

comulgue ese pensamiento con nuestras ideas. Y al contrario, si dejamos que la

emoción se adueñe de nuestro cerebro, entonces se pierde la civilidad, que es el

fruto mayor de la democracia, y es la meta que todos deberíamos buscar…

Arturo, que así se llamaba el bohemio, se quedó mirando hacia un punto en el

infinito y después de un largo minuto de silencio concluyó:

—En este momento, eso es lo que deberían tomar en cuenta los candidatos…

todos.

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