El PRI ha sido en su historia un apéndice de la presidencia de la república. Eventualmente, aunque no con frecuencia, su presidente ha gozado de cierta independencia como Madrazo padre, pero básicamente es una posición presidencial y hacia abajo del gobernador y los presidentes municipales. Esa es su fuerza y debilidad. Fuerza porque refleja la visión presidencial y debilidad por lo mismo.

Desde que Miguel de la Madrid definió la elección de Carlos Salinas, quedó claro que no se tolerarían disidencias dentro del partido. En aquella coyuntura un grupo de desafectos abandonó el partido, pero no pudieron contra la maquinaria gubernamental que calló al sistema de conteo de votos, hoy el responsable de la maniobra va por la vida como gran demócrata. Un fuerte golpe de mano dio al traste con la riqueza política que aporta el disenso. El partido se sometió al presidente, o sea que los activistas perdieron la posibilidad de pensar para obedecer a ciegas. Así aunque Zedillo declaró la sana distancia con el partido, ponía un burócrata tras otro para presidirlo, y los priistas seguían sin chistar las consignas del poder presidencial.

Cuándo Peña Nieto tuvo que aceptar a un político de la vieja guardia, esa guardia del poder omnímodo salinista que sometía el partido al jefe del ejecutivo, mucha gente pensó que le estaban arrebatando el partido al presidente, creándole oposición interna para el 2018. Pero la realidad dice otra cosa. Tal vez Peña pone la mesa para darle una salida poco digna a un político muy ambicioso que osó atravesarse en el camino de la voluntad presidencial.

Manlio Fabio Beltrones renunció porque así debe ser cuando el partido pierde las elecciones, y Peña muestra que nadie le quitó el control sobre el partido, porque pone como reemplazo a quién seguirá su proyecto aunque carezca de vía partidista. Nombró a un burócrata entrenado en una de las escuelas privadas más conservadoras del país. Ochoa da un brinco generacional dentro del neoliberalismo mexicano y esa es la clave de su nombramiento, que no elección. Llega para preparar la sucesión presidencial y preservar los intereses de los conservadores.

Peña Nieto tiene un proyecto transexenal. Económicamente seguirán poniendo el país a la disposición del gran capital internacional, con la opción de trabajar para ellos al salir de la oficina, eso han hecho los neopols que lo antecedieron, y para eso necesitan asegurar el control político del país, de tal forma que los que vengan no den marcha atrás. Eso explica el ataque furibundo contra López Obrador, que es el único que puede corregir el rumbo.

Los priistas tradicionales, por decirles de alguna manera, no se han beneficiado con el neoliberalismo y han sido relegados del poder, algunos han gozado de pocas prebendas económicas, en parte porque los neoliberales parecen llegar acompañados de sus contratistas de cabecera, concentrando los beneficios de la corrupción en una camarilla; esa corrupción que supuestamente era más democrática que la del PAN se concentra oligárquicamente. Y eso que la corrupción se ha elevado a niveles de escándalo. El famoso 10% parece pertenecer al pasado, porque ahora ya piden el 30.

Entre las múltiples muestras del nivel al que ha llegado la corrupción, están los rumores sobre compra de candidaturas, la venta de casas con intereses preferenciales, las obras concesionadas en unas cuantas manos que arrasan con zonas arqueológicas, los gobernadores que endeudan sus estados hasta niveles de espanto sin que se vea la inversión de esos recursos y las fortunas descomunales que se logran en unos años.

Pero la sociedad ha reaccionado. AMLO y su imagen de honestidad crecieron de forma importante, aunque el PRIAN sigue dominando. Ya sea que gane alguno de esos partidos o en alianza, donde un priista compite disfrazado de panista.

En el PRI se maneja la versión de que Peña operó la elección para derrotar a la oposición priista, demostrando que aunque la vieja guardia se apodere formalmente del partido, desde el poder se puede manipular elecciones, luego entonces, poner al partido formalmente bajo el control de los neopols, reafirma la tesis de que harán todo lo necesario para no soltar el poder.

La pregunta sobre una fractura en el partido es ociosa. Los derrotados quedarán dentro antes que arriesgarse a competir fuera, porque posiblemente no sepan como se hace, o porque optarán por el principio de “de lo perdido lo que aparezca”.

La oposición está fracturada. La pseudo izquierda está más corrompida que nunca y con la opción de pegarse al poder para beneficiarse.

La corrupción ha penetrado a la política moviendo actores que hacen lo que sea a cambio de recompensas monetarias.

Los equilibrios políticos desaparecen y el presidencialismo corrupto encuentra caminos sin oposición, así su único reto es asegurar la transmisión del poder con un neófito.